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 Mirada Limpia (Por qué y cómo vivir la pureza) Parte I

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MensajeTema: Mirada Limpia (Por qué y cómo vivir la pureza) Parte I   Mirada Limpia (Por qué y cómo vivir la pureza) Parte I EmptySáb Jun 23, 2007 8:58 pm

Hola, espero que los jovenes que pasen por nuestro foro lean esto, ya que es muy importante saber por qué y cómo vivir la pureza. Dios los bendiga.

MIRADA LIMPIA

(Por qué y cómo vivir la pureza)
Jesús Martínez García

Indice
Introducción.
1. Una virtud muy valiosa.
2. La malicia.
3. Los mandamientos ayudan.
4. Aclara tu conciencia.
5. El verdadero motivo para vivirla.
6. Dios ayuda a los humildes.
7. Huye de las ocasiones.
8. La templanza.
9. Mira hacia el Cielo.
10. Lucha para vencer.
11. Frecuenta los sacramentos.
12. Acude a la Virgen


INTRODUCCION

"En el mundo y a vuestro alrededor hay una manera de comportarse que es absolutamente incompatible con la dignidad de cristianos bautizados, hijos de Dios, hermanos y hermanas de Cristo. Con frecuencia intentará convenceros el mundo de que sigáis un camino ajeno al pensamiento de Cristo. En efecto, algunas personas os dirán que los mandamientos están pasados de moda y que las bienaventuranzas son desatinadas, y que el placer de la permisividad es el objeto de vuestra vida. En otros ambientes se os dirá que las enseñanzas de Cristo son un ideal, pero no están adecuadas a la situación del mundo de hoy (...). Sin embargo, vosotros mismos habéis experimentado en el corazón y debéis seguir testimoniando el gozo que nace de aceptar la palabra de Dios, la alegría que brota de decir "sí" a Cristo, que tan bien conoce lo que sois capaces de realizar con su gracia" (Juan Pablo II, Discurso, 23-VIII-83).

1. UNA VIRTUD MUY VALIOSA
En la antigua Roma existían las vestales o sacerdotisas de Vesta, encargadas de tener siempre encendido el fuego sagrado en el templo de la diosa. Eran seis; entraban en el templo a la edad de diez años y estaban en él hasta los treinta; durante ese tiempo tenían que conservar intacta su virginidad. Eran tenidas en gran estima por los romanos; tanto, que en las solemnidades y en los teatros tenían siempre sus puestos de honor, y vestían un traje blanco especial, con adornos de púrpura. Si un magistrado encontraba a una de ellas en la calle, le cedía la derecha; y si acaso una vestal se encontraba con un delincuente condenado a muerte, al momento se le indultaba y ponía en libertad. Pero si una de las vestales faltaba a su deber y violaba la castidad, era condenada a ser sepultada viva en el campo malvado.

Ante las personas de todos los tiempos la virtud de la pureza reluce como un inestimable valor. De igual modo a como un edificio bien construido y adornado con detalles arquitectónicos es muy distinto estando limpio que no estándolo. Así también esta virtud hace agradable a la persona. La pureza, como todas las demás virtudes, se puede vivir, aunque pueda costar esfuerzo.

Solamente quienes no se esfuerzan en practicarla y viven esclavos de sus pasiones la ven como inasequible, o se sonríen al oír hablar de ella pensando, como la alimaña de la fábula que, al no poder alcanzar las uvas, se dijo: estarán verdes.

Es muy importante saber lo que realmente es y vale la persona, porque solamente así se puede descubrir que es posible vivir esta virtud. El hombre y la mujer no es un animal un poco más evolucionado respecto a los demás animales, cuya existencia se desvanece con la muerte. Quien así piense, es lógico que busque como fin de esta vida gozar de todos los placeres sin norma moral alguna -engañando, robando, etc.-. Pero las personas, a diferencia de los demás animales, tienen espíritu. Podríamos decir que lo que caracteriza a la persona no es su cuerpo, sino su alma, que es por lo que adquiere personalidad. Es el espíritu quien debe dirigir la persona, no las exigencias -a veces torcidas- del cuerpo. La inteligencia bien formada en la verdad advierte el orden que debe existir en la persona, y sabe que con el esfuerzo de la voluntad ha de procurar vivir según ese orden, imponiéndose al capricho de los apetitos.

Humanamente, quien domina sus pasiones y es limpio de corazón, tiene la capacidad de vivir otras virtudes: la alegría, la generosidad, la amistad, etc. Una persona honesta, además, merece admiración y los demás se pueden fiar de ella. La virtud de la pureza hace gratos a los demás y gratos a Dios. En la Biblia aparece con claridad que Dios rechaza a los lascivos. Por ejemplo, durante la Pasión del Señor Herodes no recibió ninguna palabra de Jesús por su mala vida. En cambio, alaba y bendice a quienes la practican. Es más, les promete el Cielo:
"Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8 ). La virtud de la santa pureza es imprescindible para ser buenos cristianos: para poder creer lo que Dios nos ha revelado, para poder ver a Dios en la oración y para poder ver a Dios en el Cielo. Es una virtud que perfecciona nuestra inteligencia, y no sólo a ella, sino que también perfecciona nuestro cuerpo porque manteniéndolo en santidad y respeto "Dios mismo es glorificado en él. La pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano" (Juan Pablo II, Audiencia, 18-III-81).


2. LA MALICIA


Cuentan de un príncipe indio que tenía un tigrecito amaestrado con el cual se divertía mucho, como si fuera un gatito. Entre otros juegos que hacía estaba el salto del brazo: el príncipe lo extendía y el animal saltaba por encima. Un día, jugando en el jardín, quiso la desgracia que al bajar el brazo se diera con la mano en la esquina de una mesa y brotara la sangre. El joven dio a lamer la sangre a su compañero de juegos... y el grato sabor despertó en la fiera sus instintos sanguinarios, por lo que, saltando de improviso a la garganta del príncipe, le hirió mortalmente.

Pasados los años de la infancia, uno descubre inclinaciones torcidas en uno mismo y en los demás; descubre la malicia: que dadas unas circunstancias, las pasiones se encienden, como se encendieron las tendencias animales en el tigre del cuento, y que, si uno se deja llevar por esas tendencias, después se avergüenza y se arrepiente. Y esto, ¿por qué sucede? Antes te decía que hemos de conocer lo que realmente es la persona para obrar en consecuencia.

Nos dice la Sagrada Escritura en el Génesis que Dios, después de crear al hombre y a la mujer vio que era muy bueno lo que había creado. Es decir, las personas hemos salido buenas de las manos de Dios: Adán y Eva iban desnudos en el paraíso y tampoco le daban mayor importancia porque el cuerpo con sus tendencias naturales estaba ordenado según el orden del espíritu, y cuerpo y alma estaban ordenados hacia Dios. Pero sucedió un hecho que vino a trastocar todo: el pecado original. Rota la relación del hombre para con Dios, se desordenaron las tendencias del cuerpo: desde entonces el hombre tiene dolores, le cuesta hacer el bien,... Entonces Adán y Eva descubrieron la malicia en su mirada. Dice a continuación el Génesis que, nada más cometer el pecado se dieron cuenta de que estaban desnudos y se cubrieron con unas hojas de higuera. Descubrieron que la mirada del otro ya no era la misma, inocente y pura, ya no le miraba a los ojos -que son el espejo del alma-, sino a su cuerpo; y para que esa mirada entenebrecida no se aplastara contra uno, sentían la necesidad de cubrirse. El pudor pasó a ser una exigencia natural de la persona. Lo natural ya no era ir desnudos.

Algunos pueden preguntarse: ¿por qué no se puede ver un desnudo?, ¿acaso no se puede saber de todo?, ¿acaso el sexo no es algo natural? Todas esa preguntas tienen su parte de verdad, efectivamente, porque el cuerpo -y en concreto el sexo- en sí mismo no es algo malo, pues ha sido creado por Dios para su finalidad propia. Pero lo que está claro es que sería una ingenuidad hablar del sexo o mirar indiscriminadamente sin saber nuestra realidad, es decir, que hemos nacido con pecado original y no somos ángeles; que la malicia está escondida en nosotros. ¿No es cierto que al hablar del sexo o mirar una fotografía procaz se busca algo más que el hecho de saber? No podemos ser ingenuos, porque este no es un tema neutro, del que se deba tratar sin sentido común y sentido sobrenatural, porque a uno le puede suceder algo semejante a lo que le sucedió al príncipe que tenía el tigre.

3. LOS MANDAMIENTOS AYUDAN
Vivía una hoja unida al tronco de un gran árbol. La hoja era hermosa y feliz. El árbol la nutría con su savia, y la hoja era dichosa. Un día el viento le susurró que dejara el viejo tronco y se dejase llevar a otros lugares, porque así sería feliz, viviendo de otra manera. La hoja le contestó que no, que ella había nacido con el árbol y así quería seguir. Un día y otro el viento se lo decía, hasta que una tarde decidió dejarse llevar para alcanzar lugares lejanos. Pero nada más empezar a volar sintió que perdía altura, que el horizonte se hacía cada vez más pequeño. Trató de ascender pero no podía. Cuando se acercaba al suelo vio montones de hojas, secas unas, podridas otras, y escuchó una voz que decía: hojas del árbol caídas, juguetes del viento son.

Nuestra alma, que es espiritual, nos la ha dado Dios; pertenecemos a Dios, y Él puede darnos unas normas de comportamiento. Los animales irracionales cumplen su fin actuando según una ley que existe en ellos; la persona humana, en cambio, como es libre, determina voluntariamente lo que quiere hacer. Y para que actuemos bien Dios nos ha puesto los diez Mandamientos. Al recibir cada uno el alma recibe el código de moralidad para saber cómo utilizar bien la libertad. Dios sabe muy bien lo que nos viene bien a los hombres; por eso nos dice la Biblia: "Guarda sus preceptos y los mandamientos que yo te indico para que seas feliz tú, y tus hijos después de ti, y prolongues tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre" (Deut 4,40).

Los mandamientos de la Ley de Dios son como las normas para el buen funcionamiento de los coches: cada cosa sirve para el fin que se ha hecho: el acelerador, el limpiacristales, el intermitente,... Quien utiliza el coche según esas normas no tendrá ningún accidente y además el coche durará mucho. Pero quien se empeña en utilizarlo mal -quien quiere frenar con el freno de mano o acelerar con el intermitente o adelanta en curva- acaba por estropearlo y posiblemente perjudique a otros que van por la carretera. ¿Cómo ser felices en la tierra y cómo llegar al Cielo? Cumpliendo los Mandamientos, como dijo Jesús al joven rico. Esas normas son el orden necesario para comportarnos verdaderamente como personas. Con la inteligencia hemos de conocer la verdad y con la voluntad esforzarnos en hacer el bien, según la verdad.

El diablo está interesado en que no vayamos al Cielo, que nos soltemos de ese árbol que son los Mandamientos de la Ley de Dios tal como nos los enseña la Iglesia. E incluso puede susurrar al oído, porque puede costar cumplir un Mandamiento, que uno se haga una teoría personal por la que concluya que para él eso no es pecado. Uno se separa entonces de la enseñanza de la Iglesia. Pero, como en el caso de la hoja desprendida del árbol, tanto el que comete un pecado como el que, una vez cometido, intenta justificarse, descubre enseguida que no es feliz y que ese no es el camino para serlo.

A este respecto, la Iglesia enseña que es pecado mortal todo pensamiento o deseo impuro consentido -por lo que mirar una revista o película obscena también lo es-. Y toda acción impura con uno mismo -masturbación-, o con otra persona fuera del matrimonio -homosexualidad, fornicación-, aún cuando hubiera deseo de casarse con ella -relaciones prematrimoniales-, y todo aquello -posturas, tocamientos, besos, etc.- que inducen directamente a la lujuria. Quienes tales cosas hacen, si no se arrepienten, dice San Pablo que no entrarán en el Cielo (Cfr. Gal 5,21). El gran enemigo de las personas es la soberbia, y como puede costar vivir la pureza, cabe que uno intente engañarse diciéndose: esto para mí no es pecado. En el fondo uno sabe si lo que hace está bien o está mal. Y, aunque a base de actuar mal uno puede oscurecerla, nunca puede acallarla del todo porque es como la presencia de Dios en el alma y, tarde o temprano, recuerda el bien y el mal. Lo que hay que hacer es ir a la luz -a Dios- reconocer sus Mandamientos, reconocer el mal cuando se ha obrado mal y poner los medios -confesarse, si es el caso- para volver a ser felices.
de un placer -que nada vale-,


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