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 PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO

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Georges42
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MensajeTema: PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO   Vie Jun 29, 2007 9:16 am

PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO
Objetivo: Presentar el Misterio Pascual de Jesucristo como el acontecimiento fundamental de la humanidad y su incidencia en la vida del cristiano.
HECHO DE VIDA:
- “¿De modo que te has convertido al Cristianismo?”
- “Sí”
- “Entonces sabrás mucho sobre tu religión?. Dime: ¿Cuál es el centro fundamental de tu fe ?”
- “La persona de Jesucristo”.
- “Haber, háblame un poco de Él: ¿En dónde y a qué edad murió?”
- “No lo sé”.
- “¿De qué acusaron a Jesús para condenarlo a muerte?”.
- “Tampoco lo sé”.
- “¿Sabrás, por lo menos, a los cuántos días resucitó y a quiénes se les apareció?
- “Pues no, …no lo sé”.
- “La verdad es que sabes muy poco, para ser un hombre que afirma haberse convertido a Cristo.”
- “Tienes toda la razón. Y yo mismo estoy avergonzado de lo poco que sé de Él. Pero sí que sé algo: hace tres años era lo peor, tenía deudas, era borracho, mi familia se caía a pedazos, mi mujer y mis hijos vivían aterrados por mis vueltas a casa cada noche. Pero, desde que conocí a Cristo, he dejado la bebida, no tenemos deudas, nuestro hogar es un hogar feliz, mis hijos esperan ansiosamente mi vuelta a casa cada noche. ¡Eso es lo que Cristo ha hecho por mí! ¡Y es todo lo que te puedo decir de Cristo!
Preguntas para compartir:
 ¿
CONTENIDO DOCTRINAL:
1. La Pasión:
Es evidente que los relatos de la Pasión ocupan un lugar muy importante en los Evangelios, lo cual nos puede parecer algo exagerado en relación a todo el conjunto, ya que el centro de nuestra fe es la Resurrección de Jesús.
Ciertamente, con mirada humana y comparándola con la Resurrección, la Pasión es una derrota, una humillación. Sin embargo, la gloria del Resucitado muestra que la Pasión no era en realidad una derrota, sino un combate victorioso. Entonces el cristiano aprecia lo que de valor tiene la Pasión, sobre todo de cara a nuestra vida, porque no nos evadimos de la realidad de la vida diaria, sino que le damos otro enfoque y la superamos.
Una segunda constatación viene a precisar la primera. El relato de la vida pública de Jesús se nos presenta en episodios fácilmente destacables unos de otros, sin embargo, el de la Pasión lo tiene todo muy ensamblado. Hasta el Evangelio de San Juan coincide en este relato con los otros tres. Todo esto nos lleva a pensar que fue hecho en un esquema anterior a los Evangelios. Luego, los evangelistas lo tomaron y lo completaron con los testimonios que les llegaron, dándole cada uno sus peculiaridades propias, según su personalidad.
La oración de Jesús en el huerto de Getsemaní:
Ante la inminencia del desenlace que se avecina, Jesús se retira a orar. Empezó a sentir horror y angustia. No es sólo la angustia ante la muerte, sino sobre todo ante la clase de muerte que le espera. Es la angustia de morir como un criminal, abandonado de todos, por el pueblo y por los discípulos.
En Getsemaní encuentra sentido todo el relato de la Pasión, por la aceptación confiada que hace Jesús de la voluntad del Padre (Mc 14, 36). Esta libre aceptación había sido ya anunciada por el profeta Isaías: “Fue maltratado y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al matadero era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca” (Is 53,7).
La única cosa que puede dar sentido a nuestros sufrimientos es que también nosotros lleguemos a aceptarlos con Jesús.
Esto resulta a veces fácil, cuando percibimos los sufrimientos como tales (por ejemplo: enfermedades no tan graves) y podemos tomarlos de la mano de Dios con paciencia, ofreciéndolos por los demás. Pero cuando los sufrimientos se transforman en dificultades que se identifican con nuestro ser, cuando terminamos por encontrarnos en situaciones a las que es extremadamente difícil dar un sentido, entonces su aceptación es más problemática, porque no nos sentimos libres y desprendidos ante ellos.
Jesús nos enseña que hasta que no lleguemos a esta aceptación libre y consciente, nuestros sufrimientos no tienen verdadero sentido, y que empezarán a tenerlo cuando, de alguna forma, los hayamos mirado a la cara y los hayamos aceptado con Él.
Al acercarse Jesús a sus discípulos los encuentra durmiendo. Jesús sigue orando mientras ellos duermen. Así aparece clara su irresponsabilidad, su miedo y su falta de realismo. Ellos no quieren ver la realidad, la gravedad de la situación. No quieren enfrentar los hechos como son. Jesús, sin embargo, sí afronta la realidad. La prueba viene a todos y sólo la resiste el que ora, porque la fuerza viene de Dios. Por eso, tras su oración, Jesús vuelve a ser Él mismo y dueño de sí señala: “Ha llegado la hora. Mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.” (Mc 14, 41)
El Prendimiento de Jesús:
Jesús fue tomado preso en el lugar donde estaba haciendo oración. Su “hora” queda determinada por la llegada de Judas.
El cuadro de este prendimiento es doloroso. Uno de los Doce, de los que Él había amado y escogido, es quien - con un beso - lo traiciona. Jesús se queda completamente solo frente a sus enemigos; los demás discípulos lo abandonan y huyen.
El Proceso de Jesús:
Los evangelistas no nos narran todo el proceso detalladamente. Sólo aquellos aspectos que, a la luz de la revelación, podemos considerar como más interesantes.
En resumen, Jesús compareció ante dos tribunales:
 Ante el Sanedrín (=Consejo Supremo de los judíos): Ahí lo acusan de falso profeta y de blasfemo, de hablar atrevidamente contra Dios, por lo que, según la Ley, merecía la pena de muerte (cf. Lv 24,16; Dt 13,5s; 18,20). En realidad, lo que se buscaba, era la muerte de Jesús (cf. Mc14,55). Tan sólo se quería cumplir con los trámites legales del sistema, de darle el aspecto legal a su muerte; pero no había posibilidad de diálogo ni de defensa. La condena como falso profeta y blasfemo enlaza con la conducta de Jesús: quebrantamiento del precepto sabático, de las prescripciones sobre la pureza, trato con pecadores y cultualmente impuros y, finalmente, su critica a la Ley. Durante el interrogatorio, Jesús afirma que es el Mesías, el Hijo de Dios, con lo cual confirma que es un “blasfemo” porque se pone en el lugar de Dios… Toda la rabia, el coraje y la agresividad acumulados ante Jesús salen en ese momento y, por eso, lo maltratan.
 Ante el gobernador romano Pilato: Después de juzgar a Jesús según su Ley, el Consejo de los judíos, pidió a Pilato que hiciera efectiva la pena de muerte, ya que ellos no tenían facultad para condenar a penas mayores. Para ello presentaron una nueva acusación contra Jesús: de agitador político. El episodio resalta el silencio de Jesús, el interés de los sacerdotes por conseguir su condena y la resistencia del gobernador a acceder a ello, cediendo finalmente al deseo de la multitud; una multitud que estaba al lado de Jesús en las controversias con las autoridades de Jerusalén, pero que ahora se deja manipular por los sacerdotes.
2. Crucifixión y muerte:
El hecho de que Jesús fue ejecutado en una cruz pertenece a las realidades más ciertas de la historia de Jesús. Los cuatro evangelistas concuerdan en afirmar que su crucifixión fue el Viernes de la semana pascual judía. Y si bien se discute si fue el 14 ó 15 de Nisán (quizá Marzo - Abril), según algunos cálculos astronómicos, parece que el día más probable de la muerte de Jesús fue el 7 de Abril del año 30 d.C.
La crucifixión era una forma romana de ejecución. Se aplicaba sobre todo a los esclavos (Recordar la rebelión de Espartaco). Los ciudadanos romanos no podían ser crucificados, sino sólo decapitados, ya que la crucifixión pasaba no sólo por especialmente cruel, sino por una pena sumamente infamante. Cuando los romanos imponían a guerrilleros independentistas esta pena de muerte, propia de esclavos, equivalía a una burla cruel. Por tanto, Jesús fue ejecutado como rebelde político. Lo prueba también el título de la cruz: “Rey de los judíos” (Mc 15,26).
¿Cómo entendió Jesús su muerte?
Según los relatos en los que Jesús anuncia su pasión (cf. Mc 8,31; 9,31; 10,33), Él presciente y acepta libremente su muerte. Sin embargo, si Jesús hubiera predicho tan claramente su muerte y resurrección, sería incomprensible la huida de los discípulos, su decepción y su incredulidad inicial frente al testimonio de la resurrección.
Es difícil decir cuál fue la interpretación que Jesús dio a su muerte. Para salir de estas dificultades se ha tratado de dar, desde el Antiguo Testamento, una explicación soteriológica de la muerte de Jesús. Pero si bien no se ha podido probar la idea de un Mesías sufriente, sin embargo, sí se encuentra muy extendida la idea del justo que sufre y la concepción de la fuerza expiatoria de tal sufrimiento (cf. 2Mac 7,18.37s). Pero la cuestión no es si Jesús pudo interpretar su muerte como salvadora, sino si de hecho la entendió así.
Indudablemente, el comportamiento de Jesús suponía un final violento, y Él tuvo que ser consciente de ello. Quien se comportaba como él, tenía que contar con las últimas consecuencias. Muy pronto se le acusó de blasfemo (Mc 2,7), de tener alianza con el diablo o de magia (Mt 12,24), de quebrantar el precepto sabático (Mc 2, 23-24.27; Lc 13,14s); por eso se le espiaba para poder acusarlo (Mc 3,2) y se procuraba cazarlo con preguntas capciosas (Mc 12,13s.18s). La enemistad y la amenaza de muerte de los fariseos, se cernía sobre Jesús desde el comienzo de su actividad. Por otro lado, en el destino mismo de los profetas, Jesús tuvo que ver prefigurada su propia suerte: persecución y muerte en Jerusalén.
Por tanto, Jesús no se dirige hacia Jerusalén sin sospechar nada. El fue consciente del conflicto con sus enemigos, es más, lo quiso y aceptó hasta sus últimas consecuencias. De modo que Jesús mantuvo el carácter escatológico de su predicación y su actividad y, precisamente a la vista de su muerte. En la Última Cena, Jesús no se fija sólo en su muerte inminente, sino también prevé el Reino de Dios que llega. Su muerte se encuentra, por tanto, vinculada a la venida del Reino. Esta explicación escatológica de su muerte corresponde a la dirección total de su mensaje escatológico, según el cual el Señorío de Dios viene en humillación y ocultamiento.
En conclusión, la muerte de Jesús en la cruz no es solamente la última consecuencia de su valiente actuación, sino resumen y cima de su mensaje. La muerte de Jesús en la cruz es la suprema concretización de lo único que le interesó: la venida del Reino escatológico de Dios.
¿Qué significado tiene la muerte de Jesús?
La muerte de Jesús se ha interpretado, desde muy temprano, como salvadora y expiatoria “por nosotros” y “por muchos”. Y se le ha contemplado a la luz del cuarto cántico del Siervo de Yahvé:
“No tenía apariencia ni presencia; y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias … Mas ciertamente eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba. Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestros pecados, molido por nuestras maldades; cargó el castigo sobre él para paz nuestra, habiendo sido curados nosotros por sus heridas …Ofreció su vida como sacrificio por el pecado, verá descendencia que vivirá largamente y lo que plazca a Yahvé se cumplirá por su mano … Porque se entregó a la muerte, contándosele entre los malhechores, cuando llevó los pecados de muchos e intercedió por los pecadores” (Is 53,2-12).
Este cántico del Siervo sufriente de Yahvé será fundamental para presentar la muerte de Jesús como expiación vicaria para la salvación de los hombres, tanto en la antigua fórmula de fe de 1Cor 15,3-5 como en la antigua tradición de la Última Cena (1Cor 11,24; Mc 14,24). Esta explicación fue desde entonces fundamental para la concepción cristiana de la redención en general y de la eucaristía en particular. Ciertamente, si la interpretación de la muerte de Jesús como sacrificio expiatorio a Dios en favor de los hombres no tuviera apoyo alguno en la vida y muerte de Jesús , el centro de la fe cristiana se acercaría peligrosamente a la mitología e ideología.
Se ha tratado de probar, de muchas maneras, que Jesús mismo atribuyó a su muerte un significado soteriológico. Pero es inseguro pretender apoyarse en las “mismísimas palabras de Jesús”. Sin embargo, esto se logra teniendo en cuenta dos cosas:
 En primer lugar, considerando que Jesús entendió su muerte en el contexto de su mensaje sobre la venida del Reino de Dios. Y, puesto que el Reino de Dios es la concreción de la salvación, Jesús tuvo que haber dado a su muerte una interpretación de tipo soteriológica.
 En segundo lugar, constatando de que el Reino de Dios se inicia en Jesús, de modo personal, en forma de servicio. Él está entre sus discípulos como quien sirve (Lc 22,27). Su servicio no se puede considerar como meramente humanitario; era un servicio redentor (perdonaba pecados), radical (de entrega a los otros , incluso a los enemigos). Desde este punto de vista, Jesús tuvo que tener presente la idea de que el ofrecimiento de su propia vida es servicio en favor de los hombres. Por tanto, Jesús es el hombre para los otros en su vida y en su muerte. Este “ser para los otros” constituye su esencia más íntima, pues por eso es el amor de Dios personificado para los hombres.
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MensajeTema: Re: PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO   Vie Jun 29, 2007 9:18 am

3. La Resurrección:
Con la muerte violenta y vergonzosa de Jesús en la cruz parecía que todo había terminado. También los discípulos de Jesús entendieron su muerte como el fin de sus esperanzas. Defraudados y resignados volvieron a sus familias y profesión. El mensaje de Jesús sobre el Reino de Dios que se había acercado parecía haber sido desmentido por su final. Jesús había vinculado “su causa”, la llegada del Reino, tan estrechamente a su persona que su mensaje e ideales no podían seguir cultivándose y trasmitiéndose sin más tras su muerte.
El final de Jesús en la cruz fue no sólo su fracaso privado, sino una catástrofe de su descrédito religioso. Por eso, el nuevo comienzo tiene que considerarse tan intenso que no sólo “aclare” la dinámica prodigiosa del cristianismo primitivo, sino que “venza” también este problema inicial de la cruz.
La respuesta de los discípulos de Jesús, según el testimonio de los escritos del Nuevo Testamento, será el anuncio de que Él había resucitado, que el antes crucificado se había mostrado vivo y que los había enviado a ellos a dar testimonio de su resurrección a todo el mundo.
Demostración histórica de la resurrección:
La Resurrección, aunque tiene aspectos misteriosos que están por encima del conocimiento de la razón, como hecho histórico es humanamente demostrable. Lo que la ciencia histórica puede decir acerca de la resurrección de Jesús es que sus discípulos dieron testimonio de ella. El proceso de la resurrección en cuanto tal, quedó sustraído a toda mirada humana y escapa a toda verificación científica. Las apariciones de Jesús después de su muerte fueron únicamente algunos encuentros con sus amigos y discípulos. La ciencia histórica se ha detener por fuerza en estos testigos para sopesar su credibilidad. Esto no quiere decir que baste la demostración histórica de estos testimonios para aceptar la Resurrección de Jesús. Para ello es necesario, en último término, la fe.
El análisis histórico-crítico de los Evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento lleva a la certeza indudable de la veracidad histórica del testimonio dado por los Apóstoles y, en concreto, a la historicidad de los relatos de la Resurrección de Jesús. Este análisis comprende varios aspectos:
 Historicidad de la muerte y enterramiento: Es históricamente cierto, que la muerte de Jesús. Lo afirma San Juan, que fue testigo ocular (Jn 19,35); consta que Pilato se aseguró de que Jesús estaba muerto, antes de hacer entregar el cuerpo de Jesús a José de Arimatea (Mc 15,43-45); María, la Madre de Jesús, José de Arimatea, Nicodemo y las santas mujeres, no habrían embalsamado, ligado y depositado el cuerpo de Jesús en el sepulcro, si no fuese evidentemente cierta su muerte, es decir, si sólo estuviese gravemente herido y sin sentido. Además, los mismos enemigos de Jesús se cuidarían de asegurarse de su muerte, cuando fueron a cerrar y sellar el sepulcro en el que fue enterrado Jesús (Mt 27,62-66). En consecuencia, no se puede mantener como hipótesis de interpretación histórica que los sucesos posteriores se debieran a que Jesús no había muerto del todo y que se hubiese recuperado de las heridas a los tres días.
 Historicidad del sepulcro vacío: Es históricamente indudable que los discípulos anunciaron la Resurrección de Jesús. Ahora bien, esto sólo es posible si el sepulcro estaba vacío; de lo contrario, los enemigos de Jesús inmediatamente habrían presentado el cuerpo muerto para desmentir aquella predicación; en este caso el Cristianismo habría terminado en ese mismo momento. Pero consta históricamente que la Magdalena, San Pedro y San Juan encontraron el sepulcro vacío (Jn 20,1-10); y consta también que los Apóstoles predicaron que así habían encontrado el sepulcro donde se había puesto el cuerpo de Jesús, y que había sido guardado con sumo cuidado: con sellos y con guardia.
¿Cómo puede explicarse esta realidad histórica del sepulcro vacío? … Sólo caben dos posibilidades: o que el cuerpo de Jesús saliese por sí mismo de la tumba; o que alguien lo sacase. Es decir, sólo caben dos interpretaciones humanas: la Resurrección de Jesús, o que alguien robase y ocultase el cadáver.
La hipótesis del robo y ocultamiento del cadáver es insostenible. Las razones son:
1. No lo pudieron hacer los enemigos de Jesús ya que fueron precisamente ellos quienes hicieron poner guardias al sepulcro para evitar que alguien se llevase el cadáver y dijese luego que había resucitado (Mt 27,62-66).
2. Tampoco lo hicieron los discípulos de Jesús, pues hubieran tenido que luchar contra los guardias, lo cual enseguida se habría divulgado. No es verosímil que los guardias se quedaran dormidos, ya que de todas maneras, al mover la gran piedra del sepulcro, se habrían despertado (Mt 28,11-15).
3. El ocultamiento del cadáver por los discípulos es también insostenible por la profunda depresión moral en el que se encontraban. Todos habían huido y se encontraban escondidos “por miedo a los judíos” (Jn 20,19). En tal situación no hubieran podido dar un “golpe” de esa índole.
4. Por otra parte, nadie que hubiese querido robar el cadáver, se habría entretenido en quitar las vendas y el sudario del cuerpo (Jn 207-8 ). Hubiera sido más cómodo y seguro llevárselo bien envuelto.
En consecuencia, desde el punto de vista de la investigación de las fuentes históricas, la realidad demostrada históricamente del sepulcro vacío de Cristo, al tercer día de su muerte, sólo es científicamente explicable por el milagro de su verdadera Resurrección.
 Las apariciones del Resucitado: Consta históricamente que los Apóstoles anunciaron, desde el mismo día de Pentecostés, que Jesús había resucitado y que había estado con ellos numerosas veces, durante cuarenta días después de su Resurrección; “A este Jesús, Dios le resucito; de lo cual todos nosotros somos testigos’’, anuncia San Pedro ante miles de personas el día de Pentecostés, en la ciudad de Jerusalén(Hch 2,32)
Es moralmente imposible que los Apóstoles y discípulos inventaran esas historias. Es también imposible que se tratara de simples alucinaciones, estados místicos peculiares, psicosis colectiva, etc. Siguiendo los relatos evangélicos, recordamos que al inicio del tercer día después de la muerte de Jesús, es decir, el domingo, María Magdalena fue con otras mujeres a completar el embalsamiento del cuerpo de Jesús, como si pensasen que fuese a permanecer siempre en el sepulcro (Lc 24, 1). Después, ningún recuerdo de anunciada resurrección le viene a la mente cuando encuentra el sepulcro vacío: solo piensa en el robo del cadáver, y corre a avisar a Pedro y a Juan (Jn 20,2). Vuelta al sepulcro, ni siquiera cree en la resurrección o en la aparición de los ángeles; cuando se le aparece el mismo Señor, lo primero que piensa es que se trata del hortelano, y no le reconoce hasta que Jesús le hace evidente que es El y habla con ella, y ella se echa a sus pies (Jn 20, 11-18 ).
De modo semejante se comportan los Apóstoles. No se les ve nada propensos a creer cosas extraordinarias: toman por locas a las mujeres que les anuncian la aparición angélica (Lc 24,11); no creen a la Magdalena cuando esta cuenta que ha hablado con Jesús (Mc 16,11). Los Apóstoles sólo cederán , y no todos (por ejemplo, Tomás), cuando Pedro anuncia que se le ha aparecido el Señor (Lc 24,34); los evangelios dan la impresión de que Pedro no creyó cuando vio la tumba vacía, se admiró, pero sólo creyó Juan (Jn 20,8 ). Tan sólo creerá cuando se le aparezca Jesús y hable con él. Tomás no creería hasta después de una semana, cuando se le apareció el Señor y le invito a meter su mano en su costado (Jn 20,24-29).
Siguieron otras muchas apariciones, desde aquélla a más de quinientas personas en Galilea
(1 Cor 15,6), hasta el día de la ascensión (Lc 24,50-52). Por último, “como a un abortivo”, dirá él, se apareció a San Pablo en el camino de Damasco (1 Cor 15,8 ).
La certeza total de los Apóstoles y de una multitud de discípulos en la Resurrección de Jesús (Resurrección física, del mismo cuerpo que había sido sepultado, a un modo de vida glorioso) se apoya en una sólida y reiterada evidencia directa, que tuvo que vencer la actitud hostil de los Apóstoles a aceptar el gran milagro.
La Resurrección, centro de nuestra fe.
La resurrección de Jesús es el hecho dominante que condensa y certifica los numerosos testimonios acerca de la divinidad de Jesús. La resurrección da, a la Iglesia naciente, la fe en la divinidad de Jesucristo.
Desde el principio, esta convicción fue el centro y la piedra angular de la predicación de todos: “En conclusión, sea yo, sean ellos, así predicamos y así habéis creído” (1 Cor 15,11).
De la Resurrección depende la fe. “Pues si Cristo no ha resucitado, vacía es nuestra predicación; vacía también vuestra fe … aun estáis en vuestros pecados” (1 Cor 15,14-17).
Si no hay resurrección , prosigue Pablo, los Apóstoles somos unos impostores, y vosotros engañados de la manera mas lamentable, porque “si nuestra esperanza en Cristo solo es para esta vida, somos los más dignos de compasión de todos los hombres” (1 Cor 15,19). En tal caso, mejor que conformarse con un Cristo imaginario, es preferible que “comamos y bebamos, que mañana moriremos” (1 Cor 15,32)
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MensajeTema: Re: PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO   Vie Jun 29, 2007 9:21 am

“la doctrina de la cruz de Cristo”(1 Cor 1,18 ) está la clave de todo el Evangelio. La cruz es la suprema Epifanía de Dios, que es amor. Por eso no es raro que la predicación apostólica se centre en la cruz de Cristo ( 1 Cor 1,23; 2,2). Sin embargo, la cruz de Jesús es un gran misterio, “escándalo para los judíos, locura para los gentiles; pero es fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos”(1 Cor 1,23-24).
Gran misterio: una Persona divina llega a morir de verdad. Parece imposible, inconcebible. Pero es verdad: el Hijo divino encarnado experimentó la suprema humillación de la muerte y de la cruz. En tal muerte ignominiosa los judíos incrédulos vieron la prueba de que no era el hijo de Dios (Mt 27,43). Pero otros, como el centurión, por la cruz llegaron a la fe : “verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios”(Mc 15,39).
Gran misterio: el Padre decide la muerte de su Hijo amado. “El nos amó a nosotros y envió a su Hijo como víctima expiatoria de nuestro pecados”(1 Jn 4,10). “No perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros”(Rm 8,32). ¿Cómo es posible que la suma presciencia de Dios (Hch 2,23)? Sin embargo, ha sido como “Dios (Padre) ha dado cumplimiento a lo que había anunciado por boca de todos los profetas: que su Mesías iba a padecer”(3,18 ). La cruz, sin duda, fue para Cristo, “mandato del Padre”(Jn 14,31), y su obediencia hasta la muerte (Flp 2,8 ), fue una obediencia filial prestada al Padre (Mt 26, 39).
Gran misterio: la obra más santa de Dios confluye con la obra más criminal de los hombres. En aquella hora de tinieblas, los hombres matamos al autor de la vida (Hch 3,14-189); Mc 9, 31), y de esa manera nos viene a todos la vida eterna.
Gran misterio: la muerte de Cristo en la cruz es salvación para todos los hombres. ¿Cómo explicar esa causalidad salvífica universal de la muerte de Jesucristo? La Revelación, ciertamente, nos permite intuir las claves de tan inmenso enigma.
La cruz de Cristo es expiación sobreabundante por los pecados del mundo. “El castigo salvador peso sobre él, y en sus llagas hemos sido curados’(Is 53,5). “El justo por los injustos”(Rm 5,18 ).
La cruz de Cristo es reconciliación de los hombres con Dios. “Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo y no imputándole sus delitos”(2 Cor 5, 19)
La cruz de Cristo ha sido nuestra redención. Al precio de la sangre de Cristo, hemos sido comprados y rescatados del pecado y de la muerte (1 Cor 6,20). Jesús “se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuese suyo, fervoroso en buenas obras”(Tit 2, 14)
La cruz de Cristo es un sacrificio, una ofrenda cultual de sumo valor santificante. “Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y víctima a Dios “( Ef 5,2; Rm 3,24-25).
La cruz de Cristo es victoria sobre el Demonio, que nos tenía esclavizados por el pecado. “Ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera”(Jn12, 31)
El signo de la cruz
` Cuando contemplamos el misterio de la cruz, vemos ante todo un signo doloroso, clavos, sangre, sufrimiento, abandono, humillación extrema, muerte. Y nos preguntamos ¿qué nos significa Dios con la suma elocuencia del crucificado ? ¿Cuál es la realidad que en el signo de la cruz se os ha de revelar?
1. La cruz es revelación suprema de la caridad, es decir de Dios, pues Dios es caridad, y a Diosa nadie le había visto jamás (1 Jn 4,8.12; Tit 3,4). Muchas cosas pueden revelar el amor- la palabra, el gesto, la ayuda, el don-, pero el signo más elocuente, el más fidedigno e inequívoco del amor es el dolor: mostrarse capaz de sufrimiento, de dolor extremo, en bien del amado. Pues bien, el que quiera conocer a Dios - y en ese conocimiento está la vida eterna (Jn 17,3)-, que mire a Cristo, y a Cristo crucificado. Por eso Dios dispuso en su providencia la cruz de Cristo, para expresar- comunicar por ella en forma definitiva el misterio eterno de su amor trinitaria.
Esta es la realidad expresada en el signo de la cruz. No es raro, pues, que los santos no se cansen de contemplar la pasión de nuestro Señor Jesucristo.
El signo de la cruz, alzado para siempre en medio del Mundo, nos dice con su extrema elocuencia:
. Así nos ama el Padre “Dios” acreditó su amor hacia nosotros en que, siendo todavía pecadores (enemigos suyos), Cristo murió por nosotros”(Rm 5,8 ). Mirando al Crucificado, ya nunca dudaremos del amor que Dios nos tiene, sea cual fuere su providencia sobre nosotros.
. Así Cristo ama al Padre, hasta llevar su obediencia al extremo de la muerte, y muerte en cruz (Flp 2,8 ). Refiriéndose a su cruz, dice Jesús poco antes de padecer: “Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que según el mandato que me dio el Padre, así hago”(Jn 14,31). Podría Cristo haber resistido y evitado la cruz (Mt 26, 53-54); Jn 18, 5-6.11); pero quiso entregarse “libremente”, para revelar al mundo su amor al padre, expresando en la obediencia a su mandato.
. .Así Cristo nos ama, hasta dar su vida por nosotros, como buen pastor(Jn 10 11), para darnos vida eterna, vida sobreabundante (Jn 10,10.28 ), par recogernos de la dispersión y congregarnos en la unidad (Jn 12, 51-54). Jesús aceptó la cruz para así hacernos la suprema declaración de amor: “Nadie tiene un amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos”(Jn 15,13).
. Así hemos de amar a Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas (Mc 12,30), como el Crucificado amó al Padre. Permaneceremos en el amor de Dios, si guardamos sus mandatos como Cristo se mantuvo en el amor del Padre, obedeciendo su mandato (Jn. 14,15. 21-24).
. .Así hemos de amar a los hombre, como Cristo nos amó (Jn 13,34). El que quiera aprender el arte de amar al prójimo, y quiere ponerlo en práctica, que contemple la cruz, que se abrace a la cruz,. Solo así su amor será sincero y fuerte. Cristo “dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos”(! Jn 3,16).
Cristo Crucificado es la proclamación máxima de la ley evangélica: amor as Dios, amor al prójimo. Y del amor extremo (Jn 13, 3) del Crucificado nos viene la fuerza para vivir ese amor que en la cruz nos enseño.
2. La cruz revela a un tiempo el horror del pecado y el valor de nuestra vida. Si alguno pensaba que nuestro pecados eran poca cosa, y que la vida humana era una sucesividad de actos triviales, condicionados e insignificantes, que mire la cruz d Cristo, que considere cuál fue el precio de nuestra salvación (1 Cor 6, 20). Si alguno sospechaba que nuestra vida apeas tenía valor e importancia ante Dios, Señor del cielo y tierra, que mire la cruz de Jesús, y que se entere de que no hemos sido “rescatados con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo”(1 Pe 1, 18 ). Y que no piense tampoco que ese amor y ese precio de Jesucristo lo entregó “por la humanidad” en general, pero no” por mí” ; pues cada uno de nosotros puede decir con toda verdad lo mismo que San Pablo : “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20).
3. La cruz es ele sello que garantiza la verdadera espiritualidad cristiana. “No hay perdón sin derramamiento de sangre”(Heb 9,22). Hemos de tomar la cruz cada día si queremos ser discípulos de Cristo ( Lc 14, 27). Cuando nos enseñen un camino espiritual, fijémonos bien si lleva la cruz, el sello de garantía puesto por Jesús.
Muerte:
La glorificación del humillado
“El que se humilla será ensalzado”(Lc 14,11;18,14). Cristo bendito no se mantuvo igual a Dios en gloria, sino que se abatió hasta el abismos de la muerte, y “por eso le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre “( Flp 2, 55-11).
La glorificación del Humillado se produce en misterios sucesivos, hondamente vinculados entre sí. Cristo mismo, por su palabra, va iluminado previamente el significado de tales misterios: su muerte y resurrección (Lc 9,22), su ascensión a los cielos (Jn 20,17; Mt 28,7), la comunicación pentecostal del Espíritu Santo (Hch 1,4).
La muerte en la cruz, ya es el comienzo de la glorificación de Cristo, axaltado de la tierra, como el Israel fue alzada la serpiente de bronce (Jn 3, 14-15;12,32): la naturaleza tiembla, se rasga el velo del templo (Mt 27, 51-54), muchos hombres, golpeándose el pecho, reconocen a Jesús (Mc 15, 39).
Cristo, al morir, entregó al padre su espíritu (Lc 23,46) inmediatamente el alma humana de Jesús es glorificado por el padre, aunque todavía no su cuerpo ya anunció Cristo que pasaría “tres días y tres noches en el seno de la tierra”(Mt 12, 40).
El descenso al reino de los muertos, el :”sheól” de los judíos, continúa glorificando al humillado. “muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu, en el él fue a predicar a los espíritus que estaban en la prisión “(1 pe 3,18-18 ). un júbilo indecible ilumina el reino de las sombras. Cristo es ahora un muerto entre los muerto, él es, para esperanza viva de todos ellos, “el Primogénito de los muertos”(Col 1,18 ). El es la puerta abierta que da paso al reino de la luz y de la vida. “Yo soy la puerta; el que por mí entrare se salvará”(Jn 10,9).
La resurrección:
La resurrección de Cristo es indeciblemente gloriosa. Se cumple en ella las profecías (Sal 15,19; Hech 2,27) y los anuncios del mismo Jesús (Mt 12, 40; Jn 2, 19)... al tercer día, en el día siguiente al sábado.
No es la fe de los discípulos la que crea la resurrección del Maestro; es la resurrección de Jesús la que crea la fe de los discípulos. Estos, tras los sucesos del calvario, estaban atemorizados y perplejos, y ni siquiera dieron crédito a los primeros testimonios de la resurrección (Mc 16,8-11; Lc 24,22-24). Incluso cuando ya se les aparece el Resucitado, “aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu”, y es el mismo Cristo quien les habla, se deja ver y tocar, come ante ellos, para convencerles de la realidad de su resurrección (24,37-43; Jn 20,24-28 ).
Cristo resucitado está verdaderamente investido de la gloria divina. Los apóstoles, a quienes fue dado ser “testigos oculares de su majestad” (1Pe 2,16), pudieron decir con toda razón: “Hemos visto al Señor” (Jn 20,24), “hemos visto su gloria, gloria como Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (1,14); hemos visto, tocado y oído realmente el Verbo de la vida (1Jn 1,1), hemos “comido y bebido con él después de resucitado de entre los muertos” (Hch 10,40-41).
“Los apóstoles atestiguaban con gran poder la resurrección del Señor Jesús” (Hch 4,33): ésta fue la Buena Noticia fundamental de la predicación apostólica (2,24.32; 17,31s; 1Cor 15,1-8 ). La idea de la resurrección era perfectamente extraña para los griegos, era algo increíble y ridículo (Hch 17,32), y entre los mismos judíos era un tema discutido: los saduceos negaban la resurrección, los fariseos creían en ella (23,8 ). Es Cristo resucitado quien nos asegura con certeza la Buena Noticia: hay otra vida; los muertos resucitarán en el último día.
Es el Padre quien resucita al Hijo, quien despierta al Hijo, dormido en la muerte (Hch 2,27-28 ), cumpliendo así lo que había prometido públicamente: “Yo le glorificaré y de nuevo le glorificaré” (Jn 12,28 ). Ello significa que el Padre admite y recibe el sacrificio redentor de Cristo en la cruz. En efecto, el Padre entrega al Hijo salvador “toda autoridad en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18 ). Ahora el hijo de María virgen, es el “Hijo, nacido de la descendencia de David, según la resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor” (Rm 1,3-4).
Es el Padre quien “nos reengendro a una viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (1Pe 1,3). Y nosotros comtemplamos ahora “cual es la excelsa grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, según la fuerza de su poderosa virtud, que él ejerció en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos” (Ef 1,19-20; Jn 1,12-13).
Después de su resurrección, Jesucristo tuvo un trato frecuente y amistoso con sus discípulos, “se dio a ver en muchas ocaciones, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios, y comiendo con ellos” (Hch 1,3-4). Pero este modo de presencia había de terminar, como el mismo Jesús lo había anunciado: “Salí del Padre y vine al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn 16,28 ).
La ascensión de Jesucristo a los cielos se produjo “viéndole” los discípulos: “fue llevado hacia lo alto, y una nube lo ocultó a sus ojos” (Hch 1,9; Lc 24,50-51). La nube expresa la condición divina de Jesús (Dan 7,13-14). En la nube también, igualmente, volverá como Juez universal al fin de los tiempos (Mt 24,30-31; Hch 1,11). Cristo resucitado habita ahora en la gloria del Padre, totalmente celeste e invisible.
“El mismo que bajó es el que subió sobre todos los cielos para llenarlo todo” (Ef 4,10). En adelante, se produce un cambio notable en la presencia de Cristo. El resucitado que la Magdalena confunde con un hortelano (Jn 20,14-15), el compañero de camino de los de Emaús (Lc 24,13-31), el que hace fuego en la orilla y prepara el desayuno a sus amigos pescadores (Jn 21,1-14), es ahora el Cristo glorioso y mayestático, el Cristo lleno de fuerza y hermosura que describe el Apocalipsis (1,13-18; 5; 21,7-17): “El Señor Jesús fue elevado a los cielos y está sentado a la derecha del Padre” Mc 16,19), “a la diestra de la Majestad en las alturas” (Heb 1,3; Hch 2,33; 5,31; 7,56).
Con tales palabras se quiere expresar que la humanidad de Jesucristo ha sido de tal manera glorificada que ejerce, sin limitación alguna, el poder divino sobre toda criatura del cielo y de la tierra (Mt 28,18 ). Cristo resucitado es el Rey del Universo, y precisamente desde esta plenitud de potencia envía a los apóstoles: “Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautzándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (28,19).
En Pentecostés es cuando culmina la glorificación del Humillado, cincuenta días después de su resurrección. Todavía en la ascensión, el Cuerpo místico de Jesús es carnal (“Señor es ahora cuando vas a establecer el reino de Israel?”, (Hch 1,6). La glorificación de la cabeza no es perfecta hasta que en Pentecostés el don del Espíritu Santo se difunde en todo el Cuerpo, que es la Iglesia (Jn 16,7). Ahora sí, y para siempre: El Humillado se ha glorificado, no sólo en sí mismo, sino también en los miembros de su Cuerpo.
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PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO

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