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 12. SANTA TERESA DE LISIEUX (1873-1897).

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Georges42
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MensajeTema: 12. SANTA TERESA DE LISIEUX (1873-1897).   Mar Mar 27, 2007 12:57 pm

12. SANTA TERESA DE LISIEUX (1873-1897)

12.1. La joven Teresa, Doctora de la Iglesia

El reciente doctorado concedido a la joven Teresa y su misma doctrina, avalada por la multitud de ediciones de que han sido objeto sus obras en todas las lenguas, la hacen acreedora de que ocupe con honor un lugar en este apartado de Maestros Espirituales. Es cierto que su famosa Historia de un Alma fue objeto de múltiples manipulaciones hoy subsanadas, gracias a eminentes teólogos e historiadores como Andrè Combes o Jean François Six. El Dr. Combes, como Director del Instituto Católico de París organizó un curso sobre Sor Teresa del Niño Jesús ante el asombro de sus propios colegas quienes opinaban que no valía la pena dedicar toda una semana a la espiritualidad de una insignificante monja, pero el dicho curso resultó ser todo un éxito, publicándose en 1946 con el título de Introducción a la espiritualidad de Sta. Teresa del Niño Jesús[72]. De ahí se fueron dando los pasos para que, al fin, y no sin dolorosos momentos, se lograran dar a la luz la edición crítica y sin maquillajes de las Obras Completas de Teresa, hoy con múltiples ediciones[73].

El eximio teólogo Hans Urs von Balthasar escribe en Historia de una misión, su magna obra sobre Teresa de Lisieux, que han existido dos clases de literaturas teresianas, “la del endulzamiento y los empalagos de mal gusto con los que se ha presentado a la santita”, y la de la “revelación”, la del descubrimiento de la verdad histórica: “Más un acontecimiento doloroso y amargo en la vida religiosa de Teresa, por razones de escrúpulo, fueron ocultados por sus hermanas, desencadenando un verdadera tempestad contra la “mendacidad” y falseamiento de las biografías oficiales». El autor cree que, a pesar de todo, la figura de Teresa salió favorecida y que”más allá del silencios y sonriente caminito, se recortaron las connotaciones humanas, heroicas y trágicas de su destino y de sus sufrimientos…desnudos y sangrantes ante los ojos del lector[74].

«Verdad y falsedad son ideas que para ella penetran en igual medida por uno y otro dominio, el del mundo y el del claustro. Es más: en el momento en que su insaciable ímpetu hacia lo absoluto se le ofrece como voluntad incondicionada de verdad, es más bien la falsedad del ambiente del convento la que a ello la determina, que no un sentimiento existencial general que hubiera sido también válido para la vida del mundo»[75].

“Teresa Martin se permitirá juicios sorprendentes sobre las grandes figuras del Carmelo, la gran Santa Tersa de Jesús y San Juan de la Cruz”, comenta von Balthasar. Y cita las palabras de Teresa: «Dejo a las almas grandes, a los grandes espíritus, los bellos libros que yo no puedo entender y menos poner en práctica… Yo me alegro de verdad de que en el reino de los cielos haya muchas moradas (Jn 14,2), porque si no hubiera más que ésa cuya descripción y cuyo camino me parecen incomprensibles, yo no podría entrar en él». «Esta superioridad sobre toda espiritualidad tradicional, incluso la propia de su Orden, puesto que es sincera, no puede proceder en Teresa más que de una experiencia íntima que puede medirse con los grandes fundadores de escuelas y tendencias; no puede proceder, repetimos, sino de aquella ciencia de santidad que es enseñada inmediatamente por el Espíritu Santo». “Obrar la verdad, caminar en la verdad: este mandamiento joanneo es el punto de partida de la teología de Teresa[76].

12.2. El difícil camino de Teresa Martín

Para entender el difícil camino que Teresa hubo de desbrozar previamente para mostrarlo expedito luego, es necesario remontarse a sus mismas raíces ambientales y de familia. Jean François Six argumenta que, de la misma forma que no sería posible hablar de Francisco de Asís sin hacerlo de Asís, ni hablar del Poverello de Asís sin tratar de la pobreza, igualmente no era posible hablar de Teresa de Lisieux sin Lisieux (su ambiente socio-político y religioso en el que vivió la familia Martin) como tampoco sería posible conocer la infancia espiritual sin conocer su propia infancia. Es lo que hizo este autor en su conocido libro demostrando que la infancia no es sinónimo de inocencia, sino de inmadurez, ni que la vivida por Teresa fuera tan ideal como se ha pretendido. Este crítico historiador analiza con minuciosidad y rigor científico el hogar de la familia Martin, el influjo de la mamá muerta prematuramente, sus hermanas que en cierto modo la sustituyen, la educación recibida (no tan blanducha ni mimada como se ha pretendido), el ambiente excesivamente religioso, y, sobre todo, el amor paterno que le hará remontarse al amor de Dios en su doble faceta de madre y de padre, y su ilimitada confianza en sus brazos. Six llega a la conclusión de que el hogar de los Martin estaba configurado de tal manera que podría considerarse como la antesala de un monasterio. Se comprende que las multitudes se hayan sentido interesadas por Lisieux y por Teresa, por aquella ciudad y aquella muchacha vulgares. Vulgar por lo mediocre de su educación y de su cultura, pero tan audaz por su extraordinaria rebeldía –Bernanos lo entendió bien– contra el Dios de los todopoderosos y de los perfectos»[77].

“Teresa, con quince años, de tremenda sensibilidad, carente de salud, exteriormente infantil, no agradable al Superior [Mons. Delatoèet] reunida con sus hermanas de sangre, ¿qué carmelita sería?[78] ¿Qué idea tenía de la vida religiosa, con qué ilusiones llamó a las puertas del convento desde tan temprana edad y con tanta insistencia?

«¡Las ilusiones! Dios me concedió la gracia de no llevar ninguna al entrar en el Carmelo. Hallé la vida religiosa tal y como me la había figurado. Ningún sacrificio me extrañó. ¡Y sin embargo, vos sabéis, Madre mía querida, que mis primeros pasos encontraron más espinas que rosas!… Sí, el sufrimiento me tendió sus brazos y yo me arrojé en ellos con amor… A los pies de Jesús Hostia, en el examen que precedió a mi profesión, declaré lo que venía a hacer en el Carmelo: “He venido para salvar almas y, sobre todo, para orar por los sacerdotes”… Durante cinco años éste fue mi camino, pero al exterior nada revelaba de mi sufrimiento… ¿Qué hubiera sido de mí si, como creían las personas del mundo, yo hubiese sido el "juguete" de la comunidad?»[79]

12.3. Búsqueda y hallazgo de su vocación esencial

“Teresa quiere ser santa. Pero sus primeras experiencias en el Carmelo han sido amargas. El camino más recomendado y más seguido en el Carmelo de Lisieux la descorazonó. Teresa no estaba hecha para las grandes mortificaciones. Se siente rechazada. Con su idea del “ascensor”, se adentra en la Escritura hasta encontrar aquel luminoso pasaje: alguno es pequeñito, venga a mí. (Pr 9,4). Buscando aún más para hallar el secreto de esa cercanía, encuentra al fin: “Sus hijos serán llevados en brazos, sobre las rodillas los acariciarán. Como una madre consuela a un hijo, así yo os consolaré” (Is 66, 13). Y lo mismo le ocurrirá en la búsqueda ansiosa de su misión dentro de la Iglesia hasta encontrar la solución a su problema en San Pablo (1Cor 12-13). Lo completa con el pasaje de Elías y el “doble espíritu” que aplica a su manera. Algo parecido sucederá con el Cantar de los Cantares en el pasaje de la Samaritana. Von Balthasar dice que Teresa entrelee más que lee: “Es capaz de leer cincuenta capítulos de Isaías sin que la conmueva una sola palabra. Pero en los capítulos 53 y 66 encuentra repentinamente lo que busca y su alegría nos recuerda la de la mujer del Evangelio que encontró la dracma perdida”[80].

El tormento de aquella joven muchacha por atreverse a recorrer los caminos trazados por el Evangelio fue realmente terrible. Ni la misma fundadora del monasterio de Lisieux, Madre Genoveva, a quien la propia Teresa veneraba como verdadera santa, la llegó a comprender. Más aún: la hizo objeto de una hiriente sospecha. La antigua Priora se espantó repetidas veces de la osadía de sus pensamientos y la desconcertó con algunas reflexiones. Hasta creyó la venerable Madre una obligación advertir discretamente a Sor Inés de Jesús velara sobre su hermana para prevenirla contra las ilusiones de una confianza que le parecía exagerada.

Sin embargo la carmelita discurre serena, pese a las pocas luces esclarecedoras que recibe por parte de quienes estaban obligados a ilustrar su existencial camino. Desiste de más consultas espirituales. Una voz interior le aseguraba estar en lo cierto, en posesión de la verdad. ¿Cómo llega Teresa al pleno conocimiento de su esencial vocación como contemplativa y el puesto que como carmelita le corresponde en la Iglesia? He aquí cómo Teresa, por medio de la Sagrada Escritura, descubre su vocación esencial dentro del Carmelo.

«Abrí un día las epístolas de san Pablo, a fin de buscar en ellas una respuesta. Mis ojos toparon con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los corintios… Leí, en el primero, que no todos pueden ser apóstoles, profetas, doctores, etc.… Que la Iglesia está compuesta de diferentes miembros, y que el ojo no podía ser al mismo tiempo mano». «Sin desanimarme, seguí leyendo, y esta frase me reconfortó: "Buscad con ardor los dones más perfectos, pero voy a mostraros un camino más excelente" Y el Apóstol explica cómo todos los dones, aun los más perfectos, nada son sin el amor. Afirma que la caridad es el camino excelente que conduce con seguridad a Dios».

«Había hallado, por fin, el descanso… Al considerar el Cuerpo Místico de la Iglesia, no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo. O mejor dicho, quería reconocerme en todos… La caridad me dio la clave de mi vocación… Comprendí que el Amor encerraba todas las vocaciones, que el Amor lo era todo, que el Amor abarca todos los tiempos y todos los lugares… Entonces, en el exceso de mi alegría delirante, exclamé: ¡Oh, Jesús, amor mío!… Por fin he hallado mi vocación. ¡Mi vocación es el amor! Sí, he hallado mi puesto en la Iglesia…: ¡en el corazón de la Iglesia mi Madre yo seré el amor!»[81].

Tomado de: http://www.ocarm.org/esp/index.php
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