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 VISITAS DE LA VIRGEN A JACINTA.......

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paco
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MensajeTema: VISITAS DE LA VIRGEN A JACINTA.......   VISITAS DE LA VIRGEN A JACINTA....... EmptyDom Jul 13, 2008 11:00 am

XXV. VISITAS DE LA VIRGEN A JACINTA
«EN LA ESCUELA DE NUESTRA SEÑORA»

(Palabras de Juan pablo II)



Del material que les ofrezco ahora, para mí lo más impactante, además del heroísmo de Jacinta, son las últimas visitas que le hizo la Santísima Virgen en su casa y en el Hospital de Lisboa. En una de ellas, como recordó el Santo Padre en la homilía de beatificación, la Virgen le pide si todavía quería quedarse más tiempo a sufrir por los pecadores.

¡Quién nos diera la gracia de que la Santísima Virgen, en la hora de nuestra muerte, nos viniese a buscar, como a Francisco y Jacinta! Al menos, confiamos en su asistencia maternal en la hora de nuestra muerte y por eso rezamos siempre: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora, y en la hora de nuestra muerte».


2. Visitas de Nuestra Señora
«Por entonces, se recuperó un poco; y a veces se levantaba y se sentaba en la cama de su hermano. Un día me mandó llamar, para que fuese junto a ella de prisa. Allí fui corriendo, y me dijo:

–Nuestra Señora ha venido a vernos, y ha dicho que muy pronto vendrá a buscar a Francisco para llevárselo al Cielo. A mí me preguntó si todavía quería convertir más pecadores. Le dije que sí. Y me contestó que iría a un hospital, y que allí sufriría mucho, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María y por amor a Jesús. Le pregunté si tú vendrías conmigo. Dijo que no. Esto es lo que más me cuesta. Dijo que iría mi madre a llevarme y después quedaría allí solita.

Quedó un rato pensativa y añadió:

–¡Si tú fueses conmigo! Lo que más me cuesta es ir sin ti. Tal vez, el hospital es una casa muy oscura donde no se ve nada y yo estaré allí, sufriendo sola. Pero no importa; sufro por amor al Señor, para reparar al Inmaculado Corazón de María, por la conversión de los pecadores y por el Santo Padre.

Cuando llegó el momento de partir para el Cielo su hermanito[6], ella le hizo sus recomendaciones:

–Da muchos saludos míos a Nuestro Señor y Nuestra Señora; y diles que sufriré todo lo que ellos quieran para convertir a los pecadores y para reparar al Inmaculado Corazón de María.

Sufrió mucho con la muerte de su hermano. Quedaba mucho tiempo pensativa y, si se le preguntaba en qué estaba pensando, respondía:

–¡En Francisco! ¿Quién me diera verlo? Los ojos se le llenaban de lágrimas.

Un día le dije:

–A ti ya te queda poco para ir al Cielo, pero ¿yo?

–¡Pobrecita!, no llores; allí he de pedir mucho por ti. Nuestra Señora lo quiere así. Si me escogiese a mí, quedaría contenta, para sufrir más por los pecadores.


En el Hospital de Ourém
«Llegó el día de ir al hospital[7], donde de verdad tuvo que sufrir mucho. Cuando su madre fue a visitarla, le preguntó si quería alguna cosa; le dijo que quería verme. Mi tía, a pesar de los muchos sacrificios, me llevó. En cuanto me vio, me abrazó con alegría y pidió a su madre que me dejase con ella y se fuese a hacer algunas compras.

Le pregunté si sufría mucho.

–Sufro, sí, pero lo ofrezco todo por los pecadores y para reparar al Inmaculado Corazón de María.

Después habló entusiasmada de Nuestro Señor y de Nuestra Señora. Y decía:

–¡Me agrada tanto sufrir por su amor, para darles gusto! A ellos les agradan mucho los que sufren por la conversión de los pecadores.

El tiempo dedicado a las visitas pasó rápido; y mi tía había llegado ya para recogerme. Preguntó a Jacinta si quería alguna cosa; sólo le pidió que me volviese a traer en la próxima visita, y mi buena tía, que quería dar gusto a su hija, me volvió a llevar otra vez. La encontré con la misma alegría por poder sufrir por amor a nuestro buen Dios, para reparar el Inmaculado Corazón de María, por los pecadores y por el Santo Padre. Todo esto era su ideal, era de lo que hablaba.

Regreso a Aljustrel
«Volvió aún por algún tiempo a casa de sus padres. Tenía una gran herida abierta en el pecho, cuyas curas diarias sufría sin una queja, sin mostrar las menores señales de enfado.

Lo que más le costaba eran las frecuentes visitas e interrogatorios de las personas que la buscaban, de las que ahora no podía esconderse.

–Ofrezco también este sacrificio por los pecadores –decía con resignación. ¡Quién pudiera ir otra vez al Cabezo para poder rezar un rosario en nuestra gruta! Pero ya no soy capaz. Cuando vayas a Cova da Iria, reza por mí. Ciertamente nunca más volveré allí –decía llorando–.

Un día me dijo mi tía:

–Pregunta a Jacinta qué es lo que piensa cuando está tanto tiempo con las manos en la cara, sin moverse; yo ya se lo he preguntado, pero sonríe y no responde.

Le hice la pregunta.

–Pienso en Nuestro Señor, en Nuestra Señora, en los pecadores y en... (nombró algunas cosas del secreto); me agrada mucho pensar.

Mi tía me preguntó por la respuesta de su hijita; con una sonrisa lo tenía todo dicho. Entonces dijo mi tía a mi madre:

–No lo entiendo; la vida de estos niños es un enigma.

Y mi madre añadía:

–Cuando están solas, hablan por los codos, sin que la gente sea capaz de entenderles una palabra, por más que escuchen; y cuando llega alguien, bajan la cabeza y no dicen nada. ¡No puedo comprender este misterio!».
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MensajeTema: Re: VISITAS DE LA VIRGEN A JACINTA.......   VISITAS DE LA VIRGEN A JACINTA....... EmptyDom Jul 13, 2008 11:01 am

Nuevas visitas de la Virgen
«De nuevo la Santísima Virgen visitó a Jacinta para anunciarle nuevas cruces y sacrificios. Me dio la noticia y me dijo:

–Nuestra Señora me ha dicho que voy a ir a Lisboa, a otro hospital, que no volveré a verte, ni a mis padres; que después de sufrir mucho, moriré sola; pero que no tenga miedo: Ella me irá a buscar para llevarme al Cielo.

Y abrazándome, decía llorando:

–Nunca más volveré a verte; tú no irás a visitarme allí. ¡Oye!, reza mucho por mí, que moriré solita.

Hasta que llegó el día de ir a Lisboa sufrió enormemente; se abrazaba a mí y decía llorando:

–Nunca volveré a verte, ni a mi madre, ni a mis hermanos, ni a mi padre. Nunca más os volveré a ver; después he de morir sola!

–No pienses en eso –le dije un día.

–Déjame pensar, porque cuanto más pienso, sufro más. Y yo quiero sufrir por amor a Nuestro Señor y por los pecadores. Y, además, no me importa; Nuestra Señora me irá a buscar allí para llevarme al Cielo.

A veces, besaba un crucifijo y abrazándolo decía:

–¿Y voy a morir sin recibir a Jesús escondido? ¡Si me lo trajese Nuestra Señora cuando me viniese a buscar!

Una vez le pregunté:

–¿Qué vas a hacer en el Cielo?

–Voy a amar mucho a Jesús, al Inmaculado Corazón de María; pediré mucho por ti, por los pecadores, por el Santo Padre, mis padres y hermanos, y por todas esas personas que me han dicho que pida por ellas.

Cuando la madre se mostraba triste al verla tan enferma, decía:

–No se aflija, madre, voy al Cielo; allí he de pedir mucho por usted.

Otras veces decía:

–No llore, yo estoy bien.

Si le preguntaban si necesitaba alguna cosa, respondía:

–Muchas gracias; no necesito nada.

Y cuando se retiraban, decía:

–Tengo mucha sed, pero no quiero beber; se lo ofrezco a Jesús por los pecadores.

Un día que mi tía me hacía algunas preguntas, me llamó y me dijo:

–No quiero que digas a nadie que sufro mucho; ni a mi madre, porque no quiero que se aflija.

Otro día la encontré abrazando una estampa de Nuestra Señora y diciendo:

–¡Oh Madrecita mía del Cielo!, entonces ¿yo he de morir sola?

La pobre niña parecía asustarse con esta idea. Para animarla, le dije:

–¿Qué te importa morir solita, si Nuestra Señora te viene a buscar?

–Es verdad, no me importa nada; pero no sé cómo será

Partida para Lisboa
«Llegó por fin el día de salir para Lisboa[8]; la despedida partía el corazón. Permaneció mucho tiempo abrazada a mi cuello, y decía llorando.

–Nunca más volveremos a vernos. Reza mucho por mí hasta que yo vaya al Cielo; después, cuando yo esté allí, pediré mucho por ti. No digas nunca el secreto a nadie, aunque te maten. Ama mucho a Jesús y al Inmaculado Corazón de María; y haz muchos sacrificios por los pecadores.

De Lisboa me mandó todavía decir que Nuestra Señora ya la había ido a ver; que le había dicho la hora y el día en que moriría, y me recomendaba que fuese muy buena».[9]

«Me olvidé de decir que Jacinta, cuando fue a los hospitales de Vila Nova de Ourém y de Lisboa, sabía que no iba para sanar sino para sufrir. Mucho antes de que nadie hablase de su ingreso en el hospital de Vila Nova de Ourém me dijo ella un día:

–Nuestra Señora quiere que yo vaya a dos hospitales; pero no es para curarme, es para sufrir más por amor a Nuestro Señor y por los pecadores.

Las palabras exactas de Nuestra Señora, en estas apariciones a ella sola, no las sé, porque nunca las pregunté. Me limitaba a escuchar sólo estas frases sueltas que ella me decía».[10]



7. En Lisboa: últimos diálogos
El relato de sus últimos días y de sus últimos diálogos, lo tomo del libro de William Thomas Wlash, Nuestra Señora de Fátima:

«Olimpia, la mamá de Jacinta y su hijo Antonio, la llevaron a Chao da Mazas, donde tomaron un tren para Lisboa. Ninguno de ellos había estado antes en la gran ciudad. Allí se había conseguido un lugar para Jacinta en el Asilo de la calle la Estrella, próximo a la iglesia de Nuestra Señora de los Milagros. Doña Purificación Godinho, la directora de la institución, era una monja franciscana que iba de un lado para otro vestida como una seglar –ya que el hábito religioso estaba prohibido por la República–, recogiendo limosnas, que administraba para albergar, vestir, alimentar y educar de veinte a veinticinco niñas huérfanas. Tenía una devoción especial a Nuestra Señora, y habiéndose enterado de sus apariciones en Fátima, rezaba para poder ir allí y ver a los niños tan favorecidos, cuando alguien le dijo que Jacinta estaba en Lisboa. Desde este momento, su corazón maternal le indujo a cuidar de la niña, aceptándola en su orfelinato, e hizo que sentase todos los días en una ventana soleada que daba al jardín de la Estrella, donde siempre había algo que ver.

Jacinta era feliz. Le gustaba vivir en un convento. Le parecía un sueño celestial el pensar que el Señor escondido en la Eucaristía estaba allí constantemente y podía visitarlo a diario y recibirle en la Misa todas las mañanas. No pudo comprender cómo los visitantes podían reír y hablar en la capilla, y pedía a la Madre Gondinho que les recordase que guardasen más respeto por Aquel que estaba allí. Como la advertencia tuviese poco efecto, ella dijo resueltamente:

–En este caso tendrá que saberlo el Cardenal. Nuestra Señora no quiere que la gente hable en la iglesia.

La Madre Godinho pensaba que tenía una santa bajo su techo. “¡Habla con tanta autoridad!”, decía. Observó que Jacinta tenía poco contacto con las otras niñas, excepto de vez en cuando para darles algún consejo maternal sobre veracidad u obediencia. A menudo la monja se sentaba a su lado en la ventana y conversaba con ella. Después escribía algo de las cosas más notables que había dicho.

“Las guerras –decía Jacinta –no son sino castigos por los pecados del mundo”.

“Nuestra Señora no puede sostener por más tiempo el brazo de su amado Hijo sobre el mundo. Es necesario hacer penitencia. Si la gente se reforma, Nuestro Señor salvará el mundo. Pero si no se reforma, Él lo castigará”.

“Nuestro Señor está profundamente indignado con los pecados y crímenes cometidos en Portugal. Por esto amenaza a nuestro país, y principalmente a la ciudad de Lisboa, un terrible cataclismo de orden social. Estallará aquí, por lo que se ve, una guerra civil de carácter anarquista o comunista, acompañada de saqueos, asesinatos, incendios y devastaciones de todo género. La capital será transformada en una verdadera imagen del infierno. En el momento en que la Divina Justicia ultrajada inflija tan terrible castigo, todo el que pueda huirá de esta ciudad. Este castigo ahora predicho se anunciará poco a poco y con la debida discreción”.[11]

“¡Querida Señora Nuestra! ¡Ay! ¡Estoy tan desconsolada por Nuestra Señora! ¡Está tan triste!”

“Rece mucho, mi madrecita, por los pecadores”.

“Pida mucho por los sacerdotes; pida mucho por los religiosos”.

“Los Padres deben ser puros, muy puros”.

“Los Padres sólo deben ocuparse de los asuntos de la Iglesia”.

“La desobediencia de los Padres y de los Religiosos a sus Superiores y al Santo Padre, ofende mucho a Nuestro Señor”.

“Pida mucho por los Gobiernos”.

“¡Ay, de los que persiguen la religión de Nuestro Señor!”.

“Si el Gobierno deja en paz a la Iglesia y da libertad a la santa Fe será bendecido por Dios”.

“Mi madrecita, no guste estar en medio de la riqueza; huya de las riquezas”.

“Sea amiga de la santa pobreza y del silencio”.

“Sienta gran caridad aun por los malos”.

“No hable mal de nadie y huya de quien hable mal”.

“Tenga mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al cielo”.

“La mortificación y los sacrificios agradan mucho a Nuestro Señor”.

“La Confesión es un Sacramento de misericordia. Por esta razón es necesario acercarse al confesionario con confianza y alegría. Sin confesión no hay salvación”.

“La Madre de Dios quiere almas vírgenes, que se liguen a ellas por voto de castidad”.

“Me gustaría entrar en el convento. Pero me gustaría mucho más ir al Cielo”.

“Para ser religiosa es necesario tener un alma y corazón puros”.

Al llegar a este pasaje, la Madre Godinho preguntó:

–“Y ¿tú sabes lo que significa ser pura?

–Lo sé, lo sé. Ser pura de cuerpo es guardar castidad. Ser pura de alma es no cometer pecados, no mirar a lo que no se debe ver, no robar, no mentir, decir siempre la verdad por mucho que nos cueste”.

“Aquellos que no mantienen las promesas que hacen a Nuestra Señora, no serán nunca felices en sus asuntos. Los médicos no tienen luces para curar al enfermo porque no tienen amor a Dios”.

–“¿Quién te enseñó todas estas cosas? –preguntó la Madre Godinho.

–Fue Nuestra Señora. Pero algunas las pensé yo. Me gusta mucho pensar”.

La madre de Jacinta la visitó más de una vez en el asilo antes de volver a Aljustrel. La Madre Godinho la hacía sentirse como en su casa, y con curiosidad de mujer le sonsacaba la vida y milagros de cada miembro de la familia. Se interesaba particularmente por Teresa, que entonces tenía quince años, y por Florinda, que rayaba en los dieciséis.

–“¿No le agradaría el que tuviesen vocación religiosa? –le preguntó.

–¡Dios me libre!” –exclamó Olimpia.

Jacinta no oyó la conversación. Pero más tarde dijo a la Madre Godinho:

–“Nuestra Señora quiere que mis hermanas sean monjas. Mi madre no quiere que lo sean, pero por esto Nuestra Señora quiere llevarlas al cielo antes de que pase mucho tiempo”.

Otros dichos de Jacinta fueron:

“Han de venir unas modas que han de ofender mucho a Nuestro Señor”.

“Las personas que sirven a Dios no deben andar con la moda”.

“Los pecados del mundo son muy grandes”.

“Si los hombres supiesen lo que es la eternidad harían todo para cambiar de vida”.

“Los hombres se pierden porque no piensan en la muerte de Nuestro Señor ni hacen penitencia”.

“Muchos matrimonios no son buenos, no agradan a Nuestro Señor ni son de Dios”.

“Los pecados que llevan más almas al infierno son los de la carne”».

Sobre esto último, Lucía recuerda: «Ahora me viene a la cabeza una reflexión. Muchas veces me he preguntado si Nuestra Señora, en alguna de las apariciones, nos dijo cuáles son los pecados que ofenden más a Dios. Pues, según he oído, a Jacinta le dijo en Lisboa que eran los de la carne. Tal vez, ahora pienso, que, como era una de las preguntas que a veces me hacía a mí, se le ocurriese preguntársela a Nuestra Señora en Lisboa, y Ella le dijo era ése».

«El día del santo de la Madre Godhino, 2 de febrero de 1920, fiesta de la Purificación de la Virgen María, llevó la madre a Jacinta al Hospital de Dona Stefania. Se trataba de un lugar más bien oscuro y deprimente, y uno de los primeros desengaños de la niña, después de haber sido instalada en la cama 38 de la sala de niños, en el piso bajo, fue que no había capilla ni alojamiento para Jesús Sacramentado. Allí sufrió un largo y cuidadoso reconocimiento por parte del doctor Castro Freire, el cirujano principal, un notable pediatra. Y su conclusión fue que debía someterse a una operación tan pronto como se fortaleciese un poco.

–No servirá de nada –dijo Jacinta–. Nuestra Señora vino a decirme que voy a morir pronto.

Un día, al elevar su vista, vio a su padre en el umbral de la puerta. Había venido de Aljustrel para verla; pero tenía prisa en volver a las pocas horas por encontrarse enfermo alguno de sus otros hijos y necesitar su ayuda. Quizá fue por mediación de él como Jacinta enteró a Lucía que Nuestra Señora la había visitado de nuevo, señalándole el día y la hora de su muerte.

Tuvo Jacinta muchas conversaciones en el hospital con la Madre Godinho, que iba todos los días. Una vez, la madrina mencionó a cierto sacerdote que había pronunciado un maravilloso sermón, y era muy elogiado por las señoras elegantes por su voz de maneras teatrales.

–Cuando menos lo espere Ud., verá que el Padre resulta ser un perverso.

Al cabo de pocos meses el gran predicador abandonó el sacerdocio en circunstancias escandalosas. Ésta fue tan sólo una de las profecías de Jacinta que se vieron confirmadas. Un médico que le rogó rezase por él cuando ella estuviese en el cielo, quedó sorprendido de oírla decir que él y su hija iban a morir poco después que ella; y así fue.

A la Madre Godinho, que quería visitar Cova da Iría, le dijo:

–Usted irá, pero después de mi muerte; y yo también.

Cuando Jacinta fue llevada a la sala de operaciones, el 10 de febrero, estaba tan débil que hubo que recurrir a la anestesia local en vez de aplicarle el cloroformo o el éter. Lloró al ver que la desnudaban y que manos de hombres iban a tocar su cuerpo. El doctor Castro Freire procedió entonces a quitarle dos de sus costillas del lado izquierdo, dejando una abertura suficientemente grande para contener su puño. El dolor fue terrible.

–Ai, Nossa Senhora! –gimió la niña–. Ai, Nossa Senhora! –Después murmuró–. Paciencia. Debemos sufrirlo todo para ir al cielo. ¡Es por tu amor, Jesús mío!… Ahora puedes convertir muchos pecadores, porque sufro mucho.

La operación terminó y volvieron a llevar al salón de hospitalizados: esta vez a la cama 60. El doctor Freire y su ayudante dijeron que la operación había sido feliz.

Jacinta lo sabía mejor. Durante seis días continuó con terribles dolores. Después, en la noche del 16 de febrero, dijo a la Madre Godinho que había visto a Nuestro Señora.

–Me dijo que vendría por mí muy pronto y suprimiría mis sufrimientos.

De aquí en adelante no tuvo más dolores. Pero sentía con certeza que la hora de su ida de este mundo estaba próxima. Mandó buscar urgentemente al doctor Lisboa para decirle algún secreto, probablemente relativo a él. El doctor estaba ocupado en aquel momento, y pensó que tendría tiempo para verla más tarde. Pero a las seis de la tarde del viernes 20 de febrero llamó ella a su enfermera Aurora Gómez (“mi pequeña Aurora”), y le dijo que iba a morir y que quería recibir los últimos sacramentos. Dos horas más tarde confesó con el Padre Pereira dos Reis, de la iglesia de los Santos Ángeles, quien prometió traerle la Comunión a la mañana siguiente.

Jacinta ya no estaba allí a la mañana siguiente. A las diez y media de la noche la enfermera la dejó por unos momentos y regresó precisamente a tiempo para verla exhalar su último aliento, con un tinte rosa en sus mejillas y asomo de sonrisa en sus labios. Quizá fuese simbólico el nombre de la enfermera. Era de noche en el hospital, pero en el alma de Jacinta surgió la aurora sempiterna cuando la Madre de Dios se inclinó sobre la cama 60 y la recogió con sus brazos que habían abrazado a Cristo en la infancia y en la muerte.

La noticia cundió rápidamente, y algunos católicos que creían en las apariciones de Fátima recogieron dinero para los gastos del funeral, fijándose el entierro para el sábado 22 de febrero en uno de los cementerios de Lisboa. La Marquesa de Río Mayor amortajó el cuerpo con un vestido blanco de Primera Comunión, al que la Marquesa de Lavradio añadió una capa azul, y de este modo, llevando los colores de Nuestra Señora, fue depositada en un ataúd blanco y llevada a la iglesia de los Santos Ángeles, donde fue colocada de través sobre dos pequeños bancos en la sacristía».[12]
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